Aprender a leer el territorio

A veces el futuro de un territorio ya está dejando señales. El desafío es aprender a reconocerlas y convertirlas en un horizonte compartido.

En Propósito Vital cuento cómo mi amigo Fernando Gonzales Latini llegó a Curahuasi buscando un terruño para producir vino de altura, y cómo terminó fundando Apu Winery —hoy una de las bodegas de mayor altitud del mundo, cuya producción, todavía escasa, es adquirida en buena parte por el restaurante Central, reconocido como el número uno de The World's 50 Best Restaurants en 2023. No voy a repetir esa historia aquí. La traigo solo por la pregunta que me dejó, y que no he dejado de hacerme desde entonces: ¿qué vio Fernando en mi propio valle que yo, habiendo nacido ahí, todavía no había aprendido a ver?

Con los años entendí que la respuesta tenía un nombre: terruá. Un terreno especial, donde geografía, clima, suelo y cultura se combinan de manera irrepetible. Y una vez que aprendí a nombrar eso en el vino, no pude dejar de preguntarme si Curahuasi tenía un terruá mucho más amplio que el vitivinícola —uno hecho de anís, de frutales, de microclimas, de historia, de gente. El desarrollo, sospecho, no siempre consiste en parecernos a los lugares ya desarrollados. A veces consiste en descubrir qué podemos ofrecerle al mundo justamente porque somos distintos.

Ese mismo impulso terminó despertando una memoria familiar que llevábamos años sin nombrar: nuestro bisabuelo trajo vino en barricas desde Arequipa, y nuestro abuelo elaboraba uno casero en Molle Molle. De ahí nació, después, nuestra propia Viña Ankawachana. Lo menciono no para promocionarla, sino porque ilustra algo que quiero que atraviese todo este artículo: cuántas cosas que parecían recuerdos sueltos adquieren otro sentido cuando el presente nos permite releerlas.

Abrir el mapa

Ese impulso me hizo mirar la tierra de otra forma, y esa mirada, con el tiempo, se fue ampliando hasta el mapa completo.

Cuando uno mira Curahuasi solo desde los límites administrativos —un distrito de la provincia de Abancay—, parece un lugar periférico. Pero cuando lo mira desde la geografía, los flujos de personas y las complementariedades posibles, la imagen cambia: está en la ruta entre Cusco y Abancay, cerca de Choquequirao, dentro del mismo corredor que ya describimos en "La promesa olvidada del Sol", donde la fragmentación Cusco-Apurímac sigue impidiendo que ese sistema se comporte como lo que geográficamente es. Un lugar puede parecer periférico desde un mapa administrativo, y adquirir un significado completamente distinto desde la geografía y las posibilidades futuras.

Tres señales

Hay, ya en marcha, tres señales que muestran, cada una a su manera, qué significa aprender a leer un territorio.

La primera es Choquequirao. El proyecto del teleférico que uniría Cusco y Apurímac —una inversión de 261 millones de dólares, con adjudicación prevista para fines de 2026— reduciría el acceso al parque arqueológico de más de dos días a apenas 20 minutos, y podría elevar el flujo de 8,000 a un millón de visitantes al año. La infraestructura puede traer el flujo. El territorio, todavía, tiene que aprender a convertirlo en desarrollo real.

La segunda es Huayhuacalle, en Cachora. Su mirador, inaugurado hace pocas semanas, ha comenzado a recibir una afluencia de visitantes considerable, con un acceso que todavía depende de una trocha y un tramo final a pie. No es un caso de éxito cerrado. Es evidencia de algo más valioso: cuando un paisaje extraordinario se vuelve visible y accesible, el interés aparece casi de inmediato —y, junto con él, las carencias que faltan resolver.

La tercera todavía es solo una posibilidad. A pocos minutos de Curahuasi, el cerro San Cristóbal ya funciona, de manera informal, como mirador natural del Cañón del Apurímac: desde ahí se ve el nevado Salkantay, Choquequirao, el valle de Curahuasi, y es un lugar propicio para observar el vuelo de los cóndores. El cañón mismo se encuentra, según fuentes oficiales de Mincetur, entre los más profundos de América y del mundo —por encima, en algunas mediciones, del Gran Cañón de Colorado y del propio Colca. Y, sin embargo, casi nadie fuera de Apurímac lo conoce.

La lección del Colca

Aquí conviene una comparación breve, y no para competir. El Colca es hoy uno de los grandes destinos turísticos del sur del Perú, pero no lo es solo por su profundidad. Lo es porque, alrededor de ese recurso natural, alguien construyó accesibilidad, miradores, servicios, alojamiento, gastronomía, operadores y un relato que millones de personas terminaron por conocer. El recurso natural existía desde siempre. El destino tuvo que construirse.

San Cristóbal, hoy, sigue siendo apenas un cerro para la mayoría. Pero desde ahí se abre la perspectiva de uno de los grandes cañones del continente. Fernando vio vino donde otros veíamos tierra. Huayhuacalle mostró que un paisaje puede convertirse en destino apenas se hace visible. San Cristóbal nos recuerda que leer un territorio consiste, muchas veces, en aprender a reconocer una posibilidad antes de que tenga infraestructura, nombre o visitantes.

Y esa lectura no debería limitarse a un mirador aislado. El futuro turístico de Curahuasi no tendría por qué reducirse a que alguien llegue, contemple el cañón y se marche. El territorio ya reúne cañón, viñedos de altura, agricultura, el anís que ha dado identidad productiva a la zona, cercanía a Cachora y Choquequirao. El vino expresa ese territorio en una copa. El paisaje lo expresa ante los ojos. Lo que falta no es tener piezas sueltas, sino aprender a convertir esa singularidad en una experiencia coherente.

Nadie tiene que ser el centro

Esto no significa que Curahuasi deba competir por convertirse en "el" destino de la región. Abancay, por su parte, viene repensando su propio crecimiento urbano con un horizonte hacia 2040 —no un plan idéntico a nuestra Visión Salkantay, pero sí una señal de que distintos lugares del mismo corredor están empezando, cada uno por su cuenta, a imaginar su futuro.

Podemos pensarlo, como hipótesis, así: Abancay fortaleciendo su papel urbano, institucional y de servicios; Curahuasi desarrollando su terruá, su agricultura y su paisaje; Cachora y Huanipaca articulando el patrimonio de Choquequirao; Cusco y el Valle Sagrado aportando una plataforma turística internacional ya consolidada. Integrar no significa que todos hagan lo mismo. Significa que cada lugar descubra aquello que puede aportar mejor al conjunto.

La riqueza que también está bajo la tierra

Hay otra riqueza que no puedo dejar de mencionar: la minería formal. Apurímac se encuentra entre las principales regiones productoras de cobre del Perú, liderada por Las Bambas. No quiero convertir esto en un debate de "minería sí o minería no": es una actividad real, con beneficios económicos considerables y también con impactos ambientales y responsabilidades territoriales que no siempre se cumplen bien.

La verdadera medida de la riqueza minera de Apurímac no será solamente cuánto mineral extraigamos, sino qué quede en el territorio cuando ese mineral ya no esté. Agua, educación, salud, conocimiento, infraestructura, capital humano: eso puede sostenerse mucho después de que la última veta se agote.

Y entonces la pregunta deja de ser abstracta: ¿podría parte de esa capacidad económica ayudarnos a resolver problemas que llevan décadas esperando solución? Uno de ellos, quizás el más elemental, es el agua.

Cuando la visión tiene que tocar la vida: el agua

De nada sirve imaginar viñedos, miradores y teleféricos hacia 2040 si algo tan básico como el agua sigue sin resolverse. Curahuasi arrastra, desde hace años, dificultades persistentes de acceso adecuado al agua potable. Existen proyectos concretos —uno de ampliación y mejoramiento de agua y alcantarillado para los ocho barrios urbano-marginales de la localidad, con más de 24 millones de soles presupuestados—, pero a pesar de esos esfuerzos sostenidos, la necesidad no ha sido resuelta satisfactoriamente para buena parte de la población.

Frente a esto estamos explorando una posibilidad, todavía en estudio, que llamamos Agua Curahuasi 2040: que la Cámara de Comercio y de la Producción de Curahuasi convoque especialistas, impulse un diagnóstico independiente de la verdadera brecha hídrica, revise lo ya existente, y articule empresas privadas, Municipalidad, Gobierno Regional y ProInversión, con transparencia y seguimiento ciudadano. Una de las herramientas posibles es Obras por Impuestos, un mecanismo que permite articular inversión privada y proyectos públicos mediante el reconocimiento de la inversión realizada contra obligaciones tributarias, dentro del marco establecido por el Estado. No es un proyecto aprobado. Es una hipótesis de trabajo.

Investigando esto descubrí algo que cambió mi manera de plantear el problema: la primera reacción, casi automática, es pedir "una planta de tratamiento". Pero antes hay que comprender toda la cadena. Primero comprender el problema, después elegir la tecnología. No se trata de entregar una obra el día de una inauguración. Se trata de conseguir que un servicio funcione, todos los días, durante años.

Esto exige, también, una manera distinta de trabajar. Sin convertir esto en denuncia, hay que reconocerlo: las instituciones públicas peruanas enfrentan problemas de continuidad, capacidad de gestión y, en algunos casos, corrupción. Pero tampoco creo en la fórmula fácil de "Estado malo, empresa buena". Necesitamos sistemas capaces de producir buenos resultados, con transparencia, trazabilidad y responsabilidades claras, más allá de quién ocupe temporalmente un cargo. La entidad pública debe conservar sus competencias; lo que la Cámara, las empresas y la ciudadanía pueden aportar es capacidad técnica, articulación, financiamiento y continuidad. No se trata de reemplazar al Estado, sino de elevar la capacidad de todo el sistema.

Volver a mirar todas las piezas

Ahora quiero que volvamos a mirar, todas juntas, las piezas que hemos ido encontrando: Apu Winery. Viña Ankawachana. El anís y los frutales de Curahuasi. El Cañón del Apurímac y San Cristóbal. Huayhuacalle. Choquequirao. Abancay pensando su propio horizonte. Las Bambas y su cobre. La necesidad de agua. La Cámara de Comercio empezando a organizarse. El Programa Liderazgo Integrador Kuraq, formando a través de su Proyecto Kawsayñan a jóvenes capaces de imaginar y construir ese futuro.

Por separado, cada una parece un asunto aislado. Juntas, empiezan a revelar algo distinto: una vocación.

Leer un territorio no consiste solamente en descubrir lo que tiene. Consiste en comprender qué relación puede existir entre sus posibilidades, y qué futuro podrían construir juntas.

¿Puede un territorio tener propósito?

En mi trabajo autobiográfico aprendí que episodios que parecían dispersos —una infancia, una carrera, una pérdida— pueden revelar sentido cuando aprendemos a leerlos juntos, no como hechos sueltos sino como partes de una misma historia. Me pregunto si algo semejante puede ocurrir con un territorio. No quiero afirmarlo como si fuera una ley. Prefiero plantearlo como hipótesis: quizá un territorio pueda revelar una vocación cuando aprendemos a leer conjuntamente lo que la geografía, la historia, las personas y el presente han ido depositando en él.

A eso quiero llamarlo lectura territorial. Y entiendo mejor ahora por qué elegí este título: no se trata de inventar un futuro desde cero. Se trata de aprender a reconocer, en lo que ya está ocurriendo por separado, las señales de un futuro que ya empezó.

Leer para articular

Pero leer no basta. Leemos el territorio, priorizamos lo más urgente o más fértil, articulamos a quienes pueden aportar, ejecutamos, y después observamos cómo responde la realidad para aprender de ella y corregir el siguiente paso. No es un modelo cerrado. Es la manera natural en que cualquier visión se va actualizando frente a la experiencia real.

Lo que nos convoca

Primero necesitamos un horizonte que nos permita mirar juntos hacia adelante. Después, personas capaces de sostenerlo. Ahora descubrimos una tercera tarea: aprender a leer aquello que el territorio ya está poniendo delante de nosotros.

Imaginar. Formar. Leer. Articular. Hacer. Aprender. Tal vez así comiencen las transformaciones que alguna vez parecieron demasiado grandes: no esperando pasivamente que el futuro llegue, sino aprendiendo a reconocer sus señales, actuando sobre ellas y dejando que la propia realidad nos enseñe el siguiente paso.

Una pregunta para ti

¿Qué posibilidades existen ya en el lugar donde vives, que hoy sigues mirando por separado? ¿Qué futuro empezaría a aparecer si aprendieras a leerlas juntas?

Me encantaría leer tu respuesta.

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