Cuando descubrimos que sí podemos

Hay victorias que terminan en una cancha y otras que permanecen en la memoria de una comunidad.

Cienciano acaba de clasificar a los cuartos de final de la Copa Sudamericana 2026. No llegaba tan lejos desde 2003 —la campaña que todos en Cusco, y en mi casa, todavía recordamos con el pecho apretado. En el camino dejó atrás a Lanús, el último campeón de ese torneo y nada menos que al Botafogo, que le ganó al campeón de la Champions League en el Mundial de Clubes. Y esa clasificación, sin que yo lo buscara, me devolvió a una emoción que llevaba años sin sentir con esta intensidad.

Mi padre y Cienciano

De niño, cuando mi hermano Freddy quiso que yo fuera hincha de Alianza Lima porque él ya se había decidido por Universitario, algo en mí se resistió. Le pregunté entonces a mi padre cuál era su equipo, y me respondió, sin dudarlo, que era del Cienciano del Cusco —aun cuando el club, en ese momento, todavía ni siquiera jugaba en primera división. Mi padre no lo eligió porque ganara. Lo eligió porque pertenecía. Y desde ese instante, sin saber bien por qué, sentí que ese también era mi equipo.

Con los años, esa afición se convirtió en uno de los lazos más fuertes que compartí con él: íbamos juntos al estadio, celebrábamos cada gol como si fuera nuestro propio logro, y esa pasión terminó siendo, según llegué a escribir después, uno de los puentes que más nos unió. Por eso, cuando llegó aquella campaña de 2003, no fue solo un título lo que celebramos. Fue la primera vez que aquella pertenencia, sostenida durante años sin ninguna evidencia que la justificara, encontró por fin su prueba.

El "Sí se puede"

La campaña de 2003 tuvo de todo: una semifinal ganada a Atlético Nacional de Colombia, un empate agónico 3-3 en Buenos Aires contra un River Plate que alineaba a Mascherano, Gallardo, Maxi López y Lucho González, dirigido por Manuel Pellegrini. Y una final de vuelta, jugada en Arequipa —porque el estadio de Cusco no cumplía entonces el aforo mínimo exigido para una final internacional—, en la que Cienciano, con diez jugadores desde el minuto 52 tras la expulsión de Juan Carlos La Rosa, consiguió el gol que lo cambió todo: un tiro libre de Carlos Lugo, al minuto 78. Ocho minutos después, otra expulsión, la de Julio García, dejó al equipo con nueve hombres. Y con nueve, resistió hasta el final. Ganó 1-0. Cienciano era campeón de la Copa Sudamericana: el primer título internacional oficial conseguido por un club peruano.

El grito que recuerdo

En mi memoria quedó grabada otra escena, que no puedo asegurar hoy que haya ocurrido exactamente como la recuerdo. En algún partido en Cusco, frente a un equipo brasileño, el "¡Sí se puede!" bajó de las tribunas hacia la cancha, y en ese momento algo pareció cambiar en el ánimo del equipo. No sé si fue así, ni si el canto influyó realmente en el resultado. Lo que sí sé es que esa frase, dicha con esa fuerza, se quedó grabada en mí desde entonces.

Hacerlo otra vez

Un año después, en 2004, Cienciano volvió a enfrentar a un gigante continental: Boca Juniors, campeón de la Libertadores, en la Recopa Sudamericana. Y volvió a ganar, en la definición por penales.

Ahí comprendí que la repetición no era un detalle menor. Ganar una vez puede sentirse como una hazaña irrepetible, casi un accidente afortunado. Ganarle a otro gigante, al año siguiente, empieza a parecerse a otra cosa: a una evidencia. Primero dijimos "sí se puede" —una creencia, una posibilidad todavía sin comprobar. Después llegó el "sí se pudo" —la evidencia de un resultado concreto. Y con la repetición apareció algo más permanente: "sabemos que podemos" —ya no una esperanza puntual, sino una capacidad reconocida.

Lo que el "Sí se puede" no hizo

Quiero ser cuidadoso con esto, porque es fácil deslizarse hacia el lugar equivocado. El "¡Sí se puede!" no metió el gol de Lugo. No resistió con nueve jugadores durante catorce minutos. Eso lo hicieron futbolistas que se prepararon, que compitieron, que tomaron decisiones bajo presión y que ejecutaron cuando tocaba ejecutar. El grito abrió una posibilidad; el juego la convirtió en resultado. La visión sin acción se queda en deseo. Lo que finalmente cambia algo es el resultado: la comprobación real de que aquello que imaginábamos podía, efectivamente, ocurrir.

Los resultados también educan

Me pregunto si algo semejante puede pasarle a una comunidad entera, más allá de un estadio.

Creo que sí, aunque lo planteo como intuición, no como teoría comprobada: una comunidad que durante años escucha "no salió", "se paralizó", "no se pudo", puede terminar desarrollando, sin darse cuenta, una expectativa colectiva de impotencia. No hablo de un diagnóstico sobre el Perú, ni busco culpables. Los resultados también educan. Y funciona también al revés: cuando una comunidad consigue resolver junta algo que parecía demasiado difícil, aprende otra cosa: que puede.

A esa memoria —la que guarda una comunidad de aquellas ocasiones en que consiguió hacer posible algo que parecía difícil o improbable— podríamos llamarla memoria colectiva de realización. Cienciano nos dio, a quienes crecimos con ese amor por el equipo, una de esas memorias. No creo que ganar un torneo internacional produzca, por sí solo, desarrollo territorial. Pero sí dejó, en quienes lo vivimos, una evidencia compartida: sabemos lo que se siente cuando algo así ocurre.

Salir del estadio

El problema es que ningún pueblo puede vivir solamente recordando los campeonatos que ganó hace veinte años. La pregunta incómoda es qué hacemos con esa experiencia cuando salimos del estadio. Cómo convertimos el "sí se puede" en capacidad real para resolver los problemas que sí siguen ahí, todos los días, sin cámaras ni hinchada.

Pienso, inevitablemente, en el agua de Curahuasi, de la que hablé en el artículo anterior. Sigue siendo solo una hipótesis de trabajo —no un proyecto aprobado, ni una planta definida, ni un acuerdo firmado con nadie. Pero funciona, para lo que quiero explorar aquí, como un laboratorio. Porque en ese caso ya existen buena parte de las piezas: instituciones con competencia legal, empresas con capacidad técnica y financiera, especialistas con conocimiento, una sociedad civil organizándose, y una ciudadanía que necesita, desde hace años, una solución real. Y aun así, el resultado todavía no aparece. ¿Qué falta?

No creo que la respuesta sea simplemente "falta gestión". Creo que falta algo más específico: capacidad de articulación orientada a resultados.

Articular no es reunir

Articular no significa conseguir que todos se sienten en la misma mesa. Significa conseguir que capacidades diferentes produzcan juntas un resultado que ninguna podría producir por separado. Estado, empresa, especialistas, sociedad organizada y ciudadanía poseen capacidades distintas —competencia legal, recursos, conocimiento técnico, continuidad, legitimidad social— que pueden complementarse. Ninguno reemplaza al otro. La calidad de la relación entre esas capacidades distintas puede producir una capacidad colectiva que antes no existía en ninguna de ellas por separado.

Y hay otra distinción que aprendí escribiendo sobre esto: no se trata de entregar una obra el día de una inauguración. Se trata de conseguir que un servicio funcione todos los días, durante años. Realizar no significa simplemente hacer algo. Significa producir el cambio que buscábamos, y comprobar que funciona en la vida real.

A eso, creo, deberíamos llamarlo capacidad de realización: la capacidad de una comunidad para convertir una posibilidad compartida en resultados concretos y sostenibles, y, al hacerlo, producir conocimiento, confianza y nuevas capacidades para el desafío que viene después.

Lo que queda después del logro

Imaginemos, solo como hipótesis, que Curahuasi consiguiera resolver de manera sostenible su problema de agua. El primer resultado sería visible: agua. El segundo sería invisible: una comunidad que acaba de comprobar que puede. Quedarían experiencia, relaciones, conocimiento, confianza, mecanismos probados, errores aprendidos. El siguiente desafío ya no empezaría desde cero.

Visión, acción, resultado, aprendizaje, nueva capacidad. Y desde esa nueva capacidad puede surgir una realización mayor. Los resultados vuelven a educar a la comunidad que los produjo, y eso es lo que convierte el proceso en algo acumulativo, no en un hecho aislado.

Al escribir estos cuatro artículos he empezado a ver una arquitectura que yo mismo no tenía formulada cuando empecé: un horizonte compartido que nos permita saber hacia dónde ir; personas capaces de sostenerlo; una lectura del territorio que nos permita reconocer sus posibilidades; y una capacidad colectiva para convertir esas posibilidades en resultados. Todavía no sé si esto constituye un método. Estamos descubriéndolo.

Sabemos que podemos

Tal vez por eso aquel "¡Sí se puede!" sigue vivo tantos años después. No era solamente el grito de una tribuna. Era una comunidad afirmando una posibilidad antes de que existiera la evidencia. Los jugadores hicieron después algo todavía más importante: la convirtieron en resultado, y luego, un año más tarde, la repitieron.

Primero dijimos: sí se puede. Después comprobamos: sí pudimos. Desde entonces sabemos: podemos. El desafío de nuestra generación es llevar esa experiencia fuera de la cancha. Un horizonte, como el que venimos imaginando para la Visión Salkantay 2040, empieza verdaderamente a existir cuando una comunidad descubre que también tiene la capacidad de construirlo.

Una pregunta para ti

¿Qué logro de tu comunidad te hizo sentir alguna vez que juntos sí podían? ¿Y qué problema que hoy parece demasiado grande podría convertirse en la próxima experiencia que les demuestre que todavía pueden hacerlo?

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