Los líderes de 2040 ya están entre nosotros
Podemos imaginar trenes de alta velocidad, aeropuertos e inteligencia artificial para el 2040. Pero todavía no hemos respondido quiénes van a conducir todo eso.
Después de publicar "La promesa olvidada del Sol", estamos llevando la Visión Salkantay 2040 a nuestros jóvenes de Curahuasi, dentro del Programa de Liderazgo Kuraq y el Proyecto Kawsayñan. No queremos decirles qué deben hacer con ese horizonte. Les preguntamos, simplemente, qué parte de ese futuro quisieran ayudar a construir ellos mismos.
De esas conversaciones ha ido surgiendo otra pregunta, más incómoda que la primera, que no me ha soltado desde entonces: ¿qué clase de seres humanos tendrán que llegar a ser estos jóvenes para que podamos confiarles el futuro que estamos imaginando?
La paradoja de Machu Picchu
Antes de intentar responderla, hay una imagen que no puedo dejar de mirar, porque ocurre a pocos kilómetros del mismo corredor que soñamos integrar.
Machu Picchu, la maravilla que nos representa ante el mundo, arrastra desde hace años una crisis de gestión que nadie termina de resolver. Desde 2022, el Ministerio de Cultura ha cambiado el sistema de venta de boletos una y otra vez —presencial, virtual, mixto, con pretickets, sin pretickets— sin que el problema de fondo desaparezca: cada temporada alta se repiten las colas de varios días en Aguas Calientes. El propio ministerio reconoció, en una resolución oficial, que no existían mecanismos suficientes para coordinar la venta de boletos entre el Camino Inca y la ciudadela, pese a que ambos forman parte de un mismo sitio. Y mientras el santuario recauda alrededor de 250 millones de soles al año, apenas 7 millones regresan a labores de conservación, según ha denunciado el propio gobernador del Cusco, quien calificó de "antitécnica e irregular" una de las decisiones que originó el problema.
No creo que exista un único responsable. Lo que muestra Machu Picchu es algo más difícil de resolver que encontrar un culpable: administración pública, gobiernos nacional, regional y local, transporte, comercialización de entradas, operadores turísticos, comunidades locales y distintos intereses económicos tienen que coordinarse alrededor de un mismo patrimonio, y esa coordinación, año tras año, no termina de lograrse. El nuevo gobierno acaba de asumir hace pocos días. Tal vez logre lo que cuatro años de ajustes sucesivos no lograron. Ojalá así sea.
Pero, más allá de si lo consigue o no, la pregunta de fondo permanece: ¿cómo es posible que tengamos uno de los patrimonios más extraordinarios del planeta y, al mismo tiempo, sigamos teniendo tantas dificultades para organizar a todos los actores involucrados alrededor de un propósito compartido? No creo que Machu Picchu esté condenado. Creo que revela algo más amplio: un territorio puede poseer una riqueza descomunal y, sin embargo, no haber terminado de desarrollar la capacidad colectiva —institucional y humana— de administrarla bien.
¿Estamos preparados humanamente para administrar la prosperidad que queremos generar?
Lo que aprendí conectando personas
Esa pregunta me devuelve, inevitablemente, a mi propia historia. Durante buena parte de mi vida profesional participé en el desarrollo de las telecomunicaciones en el Perú, en una época en que tener un teléfono era un privilegio de pocos. Trabajé, con otros, para que ese acceso se democratizara, y años después las telecomunicaciones llegaron prácticamente a todo el país. Sigo considerando aquello un progreso real, y no voy a fingir arrepentimiento donde no lo siento.
Pero hoy puedo ver algo que entonces no alcanzaba a ver del todo. Conectamos a las personas, les dimos acceso a información, acortamos distancias, multiplicamos capacidades. Lo que no hicimos —lo que ninguna reforma de telecomunicaciones puede hacer— fue convertirnos, solo por eso, en mejores seres humanos. Las mismas herramientas que nos liberan pueden también manipular nuestra atención, generar dependencia, polarizarnos, encerrarnos en burbujas que confirman lo que ya creíamos. La tecnología multiplica nuestras capacidades, pero no decide qué clase de seres humanos seremos al usarlas.
Hace treinta años, para mí, el gran desafío era conectar a las personas. Hoy aparece otro, menos visible pero igual de urgente: desarrollar a las personas ya conectadas.
Cuando la apuesta se eleva
Si el teléfono e internet multiplicaron nuestra capacidad de comunicarnos, la inteligencia artificial está multiplicando algo todavía mayor: nuestra capacidad de crear, decidir, analizar, producir, aprender, influir. No la veo como una amenaza, sino como una amplificación extraordinaria de lo que ya somos capaces de hacer. Y justo ahí está el riesgo: cuanto más poderosa se vuelve nuestra tecnología, más importante se vuelve la calidad humana de quien la utiliza.
León Trahtemberg, reconocido especialista en educación, viene insistiendo en algo parecido desde la educación. En su reciente reflexión sobre "los psicoeducadores", plantea que durante siglos la misión central del maestro fue transmitir contenidos, y que esa misión está dejando de tener sentido en un mundo donde la inteligencia artificial ya puede transmitir contenidos mejor que casi cualquiera de nosotros. El maestro del futuro, sugiere, tendrá que volcarse hacia otra cosa: acompañar el desarrollo humano y psicológico de cada estudiante, algo que ninguna plataforma puede sustituir.
Me interesa esa reflexión porque converge con una pregunta que, desde una escala mucho más pequeña y en un contexto distinto, venimos explorando en Curahuasi desde hace tres años.
Una experiencia pequeña en Curahuasi
En 2023 empezamos, con un grupo reducido de niños y jóvenes, una experiencia dentro del Programa de Liderazgo Kuraq y el Proyecto Kawsayñan. La pregunta que la sostiene es sencilla de formular y difícil de responder: ¿qué ocurre si, antes de enseñarle a un joven a liderar a otros, empezamos por ayudarlo a desarrollarse a sí mismo?
Trabajamos con un criterio integral y evolutivo: desarrollo cognitivo, emocional, corporal, relacional y ético; autonomía; sentido de propósito; capacidad de comprender perspectivas cada vez más amplias; participación responsable en la comunidad. No voy a decir que hemos comprobado una teoría universal. Kawsayñan es, todavía, un laboratorio humano en desarrollo: tres años aprendiendo, observando, ajustando lo que no funciona.
El desarrollo de los pueblos y de sus líderes
De esa experiencia pequeña surge una intuición más grande, y quiero formularla con cuidado, no como una ley sino como pregunta: ¿hasta dónde puede desarrollarse de manera sostenida un pueblo si quienes conducen sus empresas, instituciones, comunidades y gobiernos no se desarrollan también como seres humanos?
Formar líderes, sospecho, no comienza enseñándoles a conducir a otros. Comienza ayudándolos a desarrollarse ellos mismos primero.
Infraestructura humana
Solo ahora quiero nombrar la idea que ha estado tomando forma en todo este recorrido.
Durante décadas hemos asociado desarrollo casi exclusivamente con infraestructura física: carreteras, telecomunicaciones, energía, hospitales, universidades, trenes. Toda esa infraestructura será indispensable para la Visión Salkantay 2040. Pero existe otra, menos visible y quizás más determinante: el conjunto de capacidades interiores —cognitivas, emocionales, corporales, relacionales, éticas— que le permiten a una comunidad imaginar, conducir y sostener responsablemente su propio desarrollo.
Antes de construir la infraestructura del futuro, necesitamos formar la infraestructura humana capaz de imaginarla, conducirla y cuidarla. Eso, sin proponérselo, es lo que Machu Picchu termina enseñándonos: no basta con generar riqueza, visitantes o inversión. Hace falta formar seres humanos e instituciones capaces de administrar responsablemente esa prosperidad cuando llega. No basta imaginar el futuro que queremos construir. Hace falta formar a quienes sean capaces de no destruirlo apenas llegue. Lo digo como advertencia, pero también como una puerta abierta: todavía estamos a tiempo.
La visión vuelve a los jóvenes
Por eso estamos llevando la Visión Salkantay 2040 de regreso a los jóvenes de Kawsayñan, queriendo escuchar qué ven ellos: qué Curahuasi imaginan, qué proyectos crearían, qué problemas resolverían, qué futuro son capaces de ver que nosotros, desde nuestra generación, todavía no vemos. Un horizonte empieza a ser verdaderamente compartido cuando otros comienzan a imaginar, dentro de él, cosas que quien lo formuló originalmente jamás había imaginado.
Los pururaucas de esta generación
Cuenta la tradición —y la presento como tradición, no como hecho histórico comprobado— que cuando Cusco estuvo a punto de caer ante el ejército chanca, y todo parecía perdido, un potencial hasta entonces invisible se reveló decisivo, y ayudó al joven Cusi Yupanqui a conseguir la victoria que, con el tiempo, lo convertiría en Pachacútec, el fundador del Tahuantinsuyo. Tal vez los pururaucas de nuestro tiempo no sean solo piedras que cobran vida en un campo de batalla. Tal vez sean también estos mismos jóvenes, cuya capacidad todavía no alcanzamos a ver del todo porque seguimos mirándolos únicamente como estudiantes, y no como protagonistas del territorio que viene.
Me gusta imaginarlos hacia 2040, catorce años más adelante, habitando las primeras ciudades andinas planificadas que empiezan a insinuarse en la franja que bordea Vilcabamba —las que ya imaginamos en "La promesa olvidada del Sol". No como asentamientos que copian un modelo de ciudad inteligente traído de otra parte, sino como algo distinto: una ciudad verdaderamente inteligente no es solamente la que despliega sensores, datos y automatización, sino la que aprende a vivir con inteligencia en su propio territorio —que entiende el agua que la abastece, las montañas que la sostienen, sus pisos altitudinales, la cultura de quienes la habitan, y pone todo eso a dialogar con la ciencia y la tecnología contemporáneas, no como decoración, sino como principio de diseño.
En esa escena, una joven ingeniera ambiental, formada entre Cusco y algún posgrado en el extranjero, diseña barrios donde la energía solar de alta montaña convive con técnicas de construcción en piedra y adobe adaptadas al clima, porque entendió que el problema nunca fue elegir entre tradición y tecnología, sino aprender a pensarlas juntas. Un urbanista traza esas ciudades para que el agua de las quebradas abastezca huertos verticales y sistemas de riego inteligente al mismo tiempo. Pero junto a ellos —y esto me importa tanto como sus oficios— hay también agricultores que modernizan sus propias chacras sin abandonarlas, artesanos que llevan su trabajo a nuevos mercados, maestros, comerciantes, autoridades locales, servidores públicos, emprendedores turísticos, y jóvenes que estudiaron fuera y decidieron volver, junto a otros que nunca se fueron y decidieron quedarse a construir. Cada uno participa desde un lugar distinto de un mismo horizonte, y ninguno de esos caminos vale menos que otro.
Esa es, quizás, la diferencia esencial de la Visión Salkantay 2040. Muchas de nuestras ciudades actuales crecieron respondiendo a la urgencia del momento, casi por acumulación de necesidades inmediatas. Esta busca algo distinto: nacer desde un horizonte consciente. Así como una persona puede pasar de reaccionar constantemente a las circunstancias a desarrollar mayor capacidad de elección y proyección, tal vez un territorio también pueda pasar de responder solo a la urgencia a construirse, de verdad, desde una visión.
Los líderes que habitarán y conducirán el 2040 ya están entre nosotros, todavía siendo niños y adolescentes. La Visión Salkantay 2040 les pertenece, sobre todo, a ellos.
No queremos jóvenes que piensen como nosotros
Esta escena no es un guion. Nadie les está diciendo a estos niños que serán ingenieros, agricultores, alcaldes o científicos. Les estamos mostrando algunas posibilidades que hoy alcanzamos a imaginar, sabiendo que ellos probablemente verán otras que nosotros todavía no somos capaces de ver.
Ni Kuraq ni Kawsayñan buscan formar jóvenes que repitan nuestra visión. No queremos adoctrinamiento. Queremos seres humanos capaces de pensar por sí mismos, cuestionar, ampliar perspectivas, discrepar cuando haga falta, cooperar, crear, y corregir —si es necesario— nuestra propia visión. La Visión Salkantay 2040 debe ofrecer un horizonte suficientemente claro para orientar, y suficientemente abierto para que ellos puedan reinventarlo.
Un horizonte compartido no necesita personas que piensen igual. Necesita personas suficientemente desarrolladas para construir juntas sin dejar de pensar por sí mismas.
Cerrando el círculo
Hace treinta años participé en una tarea orientada a conectar a los peruanos. Hoy participo en una experiencia pequeña que intenta contribuir al desarrollo humano de algunos de los jóvenes que vivirán en ese mundo ya conectado. No veo la segunda como corrección de la primera. Ambas forman parte del mismo aprendizaje, y la Visión Salkantay 2040 necesitará ambas: tecnología e infraestructura, y también desarrollo humano.
Lo que nos convoca
El artículo anterior preguntaba qué futuro queremos construir juntos. Este pregunta algo distinto: en quiénes necesitamos convertirnos para hacerlo posible. La Visión Salkantay 2040 empieza así a sostenerse sobre dos pilares, no uno: un horizonte compartido, y la infraestructura humana capaz de sostenerlo.
Una pregunta para ti
Si pudieras ver a los jóvenes de tu comunidad dentro de quince años, ¿qué capacidades humanas quisieras que hubieran desarrollado para poder confiarles el futuro que hoy estamos imaginando? ¿Qué estamos haciendo hoy, tú y yo, para ayudarlos a desarrollarlas?
Me encantaría leer tu respuesta.