La promesa olvidada del Sol

Cómo perdimos el horizonte que alguna vez nos permitió construir juntos

Hace poco, con nuestro Programa de Liderazgo Kuraq y el proyecto Kawsayñan, quisimos llevar a un grupo de jóvenes de Curahuasi a conocer la historia del Tahuantinsuyo en el lugar. Pedimos al Ministerio de Cultura que pudieran ingresar sin costo a Sacsayhuamán y otros sitios arqueológicos, como suele facilitarse a estudiantes del Cusco.

La respuesta fue simple: la exoneración corresponde únicamente a los cusqueños. Los jóvenes de Curahuasi debían pagar como cualquier turista, sin ninguna consideración especial.

No fue el dinero lo que se quedó dando vueltas en mi cabeza. Fue algo más desconcertante: descubrir que una línea trazada en un mapa administrativo se había impuesto, quizá sin que nadie lo decidiera con mala intención, sobre un territorio que durante siglos compartió un mismo horizonte cultural, espiritual y económico. Esos jóvenes no iban a visitar un país extraño. Iban a visitar la casa de sus propios ancestros. Y el papel les decía que no.

Una intuición de hace ocho años

Esa escena me devolvió a un video que grabé en 2017. Lo titulé Megaproyecto Salkantay. En aquel momento advertía algo que ya se veía venir: la construcción del nuevo aeropuerto internacional de Chinchero dispararía el flujo de turistas hacia Cusco y Machu Picchu de manera acelerada, y si esa afluencia no se gestionaba con una mirada más amplia que la del propio Cusco, terminaría desbordando la capacidad de toda la región, tal como casi ocurrió en 2015, cuando la UNESCO estuvo a punto de cerrar Machu Picchu por el deterioro ambiental que producía el turismo masivo.

Propuse entonces descentralizar ese flujo hacia un espacio más amplio, articulado alrededor del nevado Salkantay y de los dos ríos principales que lo rodean.

El territorio empieza a confirmarlo

Han pasado ocho años, y algo interesante está ocurriendo sin que nadie lo haya planeado desde una visión conjunta: en Cachora, del lado apurimeño de ese mismo corredor, se inauguró hace pocas semanas un mirador que ya llaman la "Muralla China Andina". Sus vistas del cañón del Apurímac, de Choquequirao y del nevado Padreyoc han bastado para que reciba entre 150 y 200 visitantes al día, un flujo espontáneo, nacido del puro atractivo del paisaje.

Y, junto con ese éxito inesperado, aparecen ya las primeras limitaciones: el acceso todavía depende de una trocha y un tramo final a pie, los servicios turísticos son incipientes, la infraestructura no alcanza a sostener la afluencia que el propio lugar generó.

No creo que esas carencias sean un fracaso. Creo que son el síntoma de algo más esperanzador: el territorio ya está mostrando hacia dónde quiere crecer. Todavía no hemos terminado de escucharlo con la amplitud que merece.

Lo que en realidad estamos perdiendo

Al principio pensé que el problema, tanto en Sacsayhuamán como en Huayhuacalle, era económico: turismo mal distribuido, infraestructura insuficiente, oportunidades que tardan en llegar. Pero cuanto más lo pienso, más me convenzo de que la verdadera pérdida es otra, más silenciosa y más profunda.

No estamos perdiendo solamente turismo, ni competitividad, ni inversión.

Estamos perdiendo la capacidad de imaginar juntos un mismo futuro.

Un joven de Curahuasi que paga como turista para entrar a Sacsayhuamán no solo pierde unos soles. Recibe, sin que nadie se lo diga explícitamente, el mensaje de que esa historia no termina de pertenecerle del todo. Y un territorio cuya gente deja de sentir que un lugar sagrado también es suyo, empieza, poco a poco, a dejar de imaginarse un destino común con él.

El horizonte detrás de la piedra

Cuando pensamos en lo que logró integrar el Tahuantinsuyo —pueblos con lenguas, costumbres y dioses distintos, distribuidos en miles de kilómetros de geografía extrema—, es fácil quedarse en los caminos, en los depósitos, en la administración meticulosa. Toda esa ingeniería fue real y fue extraordinaria. Pero ninguna de esas cosas, por sí sola, explica por qué tantos pueblos tan diferentes aceptaron pertenecer a algo más grande que ellos mismos.

Lo que los integró fue algo menos visible que un camino de piedra: un relato compartido sobre el origen y el destino, con el Sol y sus descendientes en el centro. Un horizonte común que hacía que un pueblo de la costa y un pueblo de la puna sintieran que, a pesar de sus diferencias, avanzaban hacia el mismo lugar.

Hemos heredado los monumentos. Se nos ha ido olvidando, con el tiempo, el principio que les dio origen.

Y esto no es un llamado a idealizar aquel pasado, que tuvo también sus propias tensiones y jerarquías. Es una pregunta que sigue vigente: ¿qué es lo que realmente integra a un pueblo? No basta con administrarlo bien. Hace falta que se reconozca dentro de una misma historia.

Los síntomas de una misma fractura

Hoy, esa fractura se repite en forma de síntomas que parecen aislados, pero no lo son: un turismo que se concentra en un solo punto mientras el resto del corredor sobrevive de las migajas; una agroindustria con enorme potencial en los valles cercanos que jamás termina de despegar; minería ilegal que avanza precisamente donde no existe una visión regional capaz de ordenar el territorio; carreteras y proyectos pensados desde los límites de una provincia, no desde la lógica de una cuenca o un ecosistema.

La regionalización, en su momento, intentó ordenar todo esto por decreto, redibujando competencias y presupuestos. Quizá no fracasó únicamente por un problema institucional. Quizá intentó reorganizar un territorio antes de reconstruir el horizonte que debía darle sentido. Trazar límites nuevos no crea, por sí solo, un destino compartido.

Lo que la naturaleza ya sabe

Basta subir hasta el Salkantay para notar algo que nuestros mapas administrativos no logran ver. El nevado está flanqueado por dos ríos sagrados —el Willcamayu, que los españoles llamaron Vilcanota, y el Apurímac—, uno fecundando el Valle Sagrado, el otro tallando uno de los cañones más profundos del planeta. En la cosmovisión andina esa dualidad tiene un nombre, yanantin-masintin: fuerzas opuestas que, juntas, sostienen la vida.

Ese ecosistema no reconoce la frontera entre Cusco y Apurímac. Fluye desde las alturas del Cusco hacia los valles fértiles de la Convención sin pedirle permiso a ningún límite regional. Lo fragmentado no es el territorio. Somos nosotros, con nuestros mapas, quienes decidimos partirlo en dos.

Un territorio para el siglo que viene

Hay algo más en ese corredor que rara vez nombramos: pocos lugares del planeta permiten recorrer, en cuestión de horas, desde el nevado hasta la selva alta, atravesando media docena de pisos climáticos distintos. Esa diversidad altitudinal viene acompañada de numerosos riachuelos deagua que bajan de manera constante por decenas de quebradas, y de una biodiversidad que todavía no terminamos de inventariar.

Mientras buena parte del planeta empieza a enfrentar una escasez de agua cada vez más severa y un clima cada vez más extremo —una tendencia que ya reconocen ampliamente los especialistas, sin necesidad de exagerarla—, este corredor guarda algo que el siglo que viene probablemente empezará a valorar de otra manera: agua, diversidad de climas y un territorio todavía capaz de decidir cómo quiere crecer. Ya se insinúa en la franja que bordea Vilcabamba, donde empiezan a imaginarse los primeros asentamientos planificados que no buscan imponerse sobre la montaña, sino aprender a convivir con ella.

Un territorio en el año 2040

Imagina, por un momento, ese mismo territorio dentro de década y media.

Un tren de alta velocidad y autopistas modernas conectan Quillabamba, el Valle Sagrado, Cusco, Chinchero, Curahuasi, Abancay y Andahuaylas, mientras pequeños aeropuertos regionales reducen a minutos trayectos que hoy toman un día entero. Lo extraordinario no es la velocidad de los trenes. Es que esa conectividad terminó por borrar, psicológicamente, la frontera que un día le negó la entrada a un grupo de jóvenes. Nadie, al viajar, nota ya en qué momento cruzó de un departamento a otro.

A lo largo de la cordillera de Vilcabamba han empezado a levantarse las primeras ciudades andinas planificadas desde su origen para convivir con la montaña, no para destruirla. En Curahuasi y en el Valle Sagrado, institutos y universidades forman jóvenes en biodiversidad andina, agricultura regenerativa y agroindustria de alto valor, mientras equipos de investigación estudian corredores biológicos que ya nadie divide por provincia.

Del turismo al aprendizaje civilizatorio

Pero lo más profundo de esa escena no es la infraestructura. Es lo que empiezan a buscar quienes llegan hasta allí.

Los visitantes ya no viajan solamente para admirar Machu Picchu, Sacsayhuamán, Choquequirao o los paisajes del Salkantay. Viajan también para comprender cómo fue posible construir una civilización capaz de integrar territorios, ecosistemas y pueblos tan distintos entre sí.

Y los jóvenes del corredor —los mismos a quienes alguna vez les preguntaron si eran de Cusco o de Apurímac antes de dejarlos entrar— ya no son solamente guías turísticos. Se han convertido en intérpretes de un conocimiento civilizatorio: no solo explican qué construyeron sus antepasados, sino cómo pensaban, cómo integraban territorios tan diversos, cómo lograban que la naturaleza, la cultura y la comunidad funcionaran como una sola cosa.

El verdadero patrimonio que ese territorio entrega al futuro no serán solamente las piedras. Será la capacidad, recuperada, de comprender los principios que permitieron levantarlas —y de volver a aplicarlos.

En una feria de emprendimientos, un joven de La Convención presenta, junto a otro de Curahuasi y otro del Cusco, un proyecto que enseña justamente eso: cómo se piensa un territorio como una unidad. Nadie les pregunta de qué región son primero. Todos son, ante todo, gente del Apu Salkantay.

El nacimiento de una idea

A eso —no a un plan de infraestructura, no a un proyecto político, no a un documento técnico— es a lo que quiero empezar a llamar Visión Salkantay 2040.

Es, sencillamente, un horizonte compartido para un territorio que necesita volver a imaginarse como una unidad. Un horizonte que ninguna resolución administrativa puede otorgar, y que ninguna resolución administrativa puede tampoco arrebatar del todo, mientras haya gente dispuesta a seguir imaginándolo junta.

Lo que nos convoca

Ninguna gran transformación empieza con un decreto. Empieza cuando una comunidad vuelve a imaginar, en conjunto, un futuro que vale la pena construir. La integración, cuando ocurre de verdad, no aparece como una obligación impuesta desde arriba. Aparece como la consecuencia natural de compartir un mismo horizonte.

Una pregunta para ti

¿Qué futuro compartido has dejado de imaginar con las personas, la comunidad o el proyecto al que perteneces? ¿Qué cambiaría si ese horizonte volviera a hacerse visible?

Me encantaría leer tu respuesta.

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