Dos verdades bajo el mismo cielo
Mi padre me heredó el miedo a una sequía que mató de hambre a su gente. Un amigo del norte me mostró después que ese mismo cielo hacía florecer el desierto. Ninguno de los dos mentía: cada uno conocía solo una parte de la historia.
Desde hace algunas semanas, la presencia de pelícanos hambrientos en puertos y mercados de la costa peruana se ha convertido en una señal visible de lo que está ocurriendo bajo la superficie del mar. En Chimbote, numerosas aves han llegado hasta los muelles buscando alimento, y algunos vecinos se han organizado por su cuenta para alimentarlas antes de que mueran de inanición. Es una escena que ya vivimos en 1972, cuando pelícanos hambrientos llegaron hasta la Plaza Mayor de Lima. Se repite ahora, en 2026, porque el mar frente a nuestra costa se ha calentado varios grados, y la anchoveta —el alimento de estas aves— ha migrado hacia aguas más profundas y frías. Mientras la pesca de anchoveta enfrenta dificultades, pescadores y empresas observan también la llegada o mayor presencia de otras especies asociadas a aguas más cálidas.
Es una imagen dolorosa y real. No la voy a suavizar.
Y sin embargo, ese mismo tipo de alteración oceánica y atmosférica, durante episodios intensos como los de 1982-1983, 1997-1998 y el Niño Costero de 2017, ha contribuido a producir en el desierto de Sechura, novecientos kilómetros al norte, un fenómeno inverso: los ríos se desbordan, se forma una laguna temporal en pleno desierto, y familias enteras han armado campamentos para pescar durante semanas. No sé si ocurrirá exactamente así este año —los especialistas anticipan que la mayor intensidad de este episodio llegaría recién entre diciembre y marzo—, pero el patrón se ha presentado en varios episodios intensos, con la suficiente frecuencia como para que valga la pena preguntarnos qué significa.
El miedo que aprendí de niño
Yo aprendí a temerle a ese cielo mucho antes de saber su nombre científico. Mi padre me contaba, de niño, la historia de una sequía de tres años que había azotado nuestra tierra mucho antes de que yo naciera: una sequía tan devastadora que los campesinos morían de hambre, y algunos, desesperados, llegaban a ofrecer a sus propios hijos a cambio de un poco de comida.
Ese relato no se quedó como un dato del pasado. Se instaló en mí como un pánico oculto que no sabía explicar del todo, y que reaparecía cada cierto número de años, cuando las lluvias tardaban en llegar. Todavía puedo ver a los agricultores de Curahuasi, en los días cercanos a la Navidad, cruzando miradas cuando no había llovido, hablando del tema con una preocupación honda, casi como si se consolaran entre ellos con las pocas palabras que se decían. Eso mismo, de hecho, está ocurriendo ahora, mientras escribo esto.
Quiero ser preciso en algo: ese miedo no era una superstición. Era la memoria fiel de un hambre real, transmitida de generación en generación con toda su gravedad intacta. Mi padre no me mintió. Me entregó, con total honestidad, la parte del fenómeno que su tierra había sufrido, y yo crecí cargando esa parte como si fuera la totalidad de lo que ese cielo podía significar.
La historia que nunca me habían contado
Cuando llegué a Lima en la década de los noventa, un amigo procedente del norte me contó, con una naturalidad que a mí me desconcertó, cómo era ese mismo fenómeno visto desde su territorio. Me explicó que esas lluvias torrenciales, en la costa norte, convertían el desierto en un manto verde, y que la vida del mar se trasladaba hacia esas arenas áridas. Él ya intuía ahí una oportunidad de negocio —engorde de ganado, crianza de peces en las lagunas que se formaban—, aunque no sé si aquello llegó a concretarse alguna vez. Lo que sí puedo decir es que ese amigo veía cosas que yo no veía, y que era una persona próspera, con una lectura del entorno que a mí me resultaba casi ajena.
Lo primero que sentí, escuchándolo, fue curiosidad. Después, algo más difícil de nombrar: la posibilidad, apenas insinuada, de que aquello que yo llevaba toda mi vida temiendo tal vez no fuera únicamente una tragedia. No fue un alivio inmediato ni una revelación completa. Fue más bien la primera vez que consideré que quizás no había que temerle tanto a ese cielo. Después de años de cargar un miedo que ni siquiera había elegido, esa sola posibilidad —que hubiera algo más ahí, además del hambre— fue suficiente para desordenar algo que yo creía fijo.
El descubrimiento: dos historias verdaderas, ninguna completa
Durante años creí que debía elegir entre la historia de mi padre y la de mi amigo. Con el tiempo comprendí que ninguno estaba equivocado. Cada uno había recibido una parte verdadera de los efectos que estos desequilibrios pueden producir en territorios diferentes: déficit de lluvias en determinadas zonas andinas, precipitaciones extraordinarias en sectores de la costa norte. El problema no estaba en ninguno de los dos relatos. Estaba en que cada uno, por sí solo, se sentía como la historia completa.
Aprender a vivir en un territorio cambiante
Estudiando después con más cuidado el tema, aprendí que culturas como la Moche y la Chimú construyeron, en el desierto costero, los llamados "wachaques": chacras hundidas que aprovechaban el agua subterránea, creando pequeños oasis con microclimas propios, donde en algunos casos criaban peces en lagunas artificiales. No tengo evidencia de que hayan sido diseñados específicamente para aprovechar El Niño; lo que sí muestran es una capacidad de adaptación prolongada a un territorio árido y variable, sostenida generación tras generación.
Algo que amplía esta reflexión es lo que el antropólogo John Murra describió como "control vertical de pisos ecológicos": en determinados territorios andinos y en determinados periodos, ciertas comunidades desarrollaron formas de acceso a distintos pisos ecológicos —costa, valle, sierra, puna— mediante vínculos de parentesco y reciprocidad, que permitían complementar los recursos de una zona con los de otra. No fue un sistema único, uniforme, ni exclusivamente pensado como respuesta a El Niño. Pero apunta a algo que sigo encontrando valioso: la posibilidad de que la fortuna de un territorio y el infortunio de otro no sean, necesariamente, historias separadas, sino partes de una misma realidad que alguien decidió, en algún momento, empezar a tejer.
La fragmentación que seguimos repitiendo
Hoy seguimos contando estas historias por separado. Mientras los pelícanos mueren de hambre en la costa, en algún punto del norte la misma agua caliente probablemente esté beneficiando alguna otra actividad económica. Y sin embargo, actuamos frente a cada noticia como si no tuvieran relación entre sí, sin ningún puente —ni en la información, ni en la política, ni en nuestra propia manera de contarnos el fenómeno.
Lo que esto también dice de nosotros
Creo que a todos nos ha pasado alguna vez sostener, durante años, el recuerdo fiel de una experiencia dolorosa sin haber tenido nunca la oportunidad, o el valor, de ponerlo en diálogo con otra mirada que también fuera verdadera. No se trata de que esa otra mirada anule el dolor de la primera. Mi padre tenía razón en temer. Mi amigo también tenía razón en no temer tanto. Se trata de preguntarnos: ¿qué parte verdadera de mi historia he confundido, sin darme cuenta, con la historia completa?
Lo que nos convoca
No creo que la tarea que deja este Niño de 2026 sea diseñar, desde aquí, una política pública específica. Pero sí creo que la primera tarea es aprender a mirar el fenómeno como país: prepararnos para el daño sin negar la posibilidad de adaptación que también puede traer; atender al territorio que pierde sin aislarlo del que recibe; y reconocer que lo que ocurre en el mar, el desierto y la sierra pertenece a una misma realidad, aunque nuestras noticias y nuestras instituciones sigan tratándolo como si fueran mundos sin relación.
Una pregunta para ti
¿Hay algún miedo o recuerdo doloroso que durante años hayas vivido como la historia completa? ¿Qué podría cambiar en ti si hoy apareciera otra mirada, igualmente verdadera, capaz de ampliar esa historia? Me encantaría leer tu respuesta.