¿Para qué queríamos el poder?

Competir por el poder forma parte de la democracia. La pregunta es qué hacemos con él cuando lo alcanzamos.


Seis senadores de un lado, seis del otro, y uno más que hacía falta para poder votar. Así describió el presidente de la Comisión de Constitución del Senado, Carlos Mesía, el empate que dejó sin quórum la sesión del jueves 15 y la suspendió «hasta nuevo aviso». Estaba en juego el pedido de facultades legislativas del Ejecutivo: Diputados había aprobado 20 de las 66 materias solicitadas, y el Senado discutía si podía ampliar ese texto o debía respetarlo.

Mientras esa sala no conseguía reunirse, afuera el país seguía su curso. La Fiscalía registró casi 14 mil casos de extorsión entre enero y julio, y hay comerciantes y transportistas que pagan «cupos» para poder seguir trabajando. Cerca de siete de cada diez peruanos con empleo lo tienen en la informalidad, sin la protección de un trabajo formal. En la evaluación nacional de aprendizajes de 2024, cuarto grado avanzó, pero los resultados de sexto grado de primaria quedaron como en 2022. Y 893 distritos estaban en emergencia por el riesgo de lluvias intensas de El Niño. Cada uno de esos problemas tiene un plazo que no espera a ningún quórum.

Las dos posiciones del Senado tienen argumentos. Diputados ejerció control al reducir el pedido, el Senado sostiene que como cámara revisora puede complementar el texto, y la oposición invoca el Reglamento. Lo que cada bando dice del otro, que busca concentrar poder o que busca frenar al Gobierno, son interpretaciones que nadie ha probado. Me quedo con lo que la escena deja a la vista: cuánta energía consume la disputa por el poder, y qué lugar ocupa, dentro de esa disputa, aquello para lo que el poder existe. La pregunta es vieja y tiene un lugar en mi memoria.

Una definición que me quedó grabada

En la Facultad de Derecho de la UNSAAC, mi profesor Edgar Chuquimia me enseñó, en el curso Teoría General del Estado, que los partidos son organizaciones política y jurídicamente constituidas con fines de toma de poder. No recuerdo de qué autor la tomaba. La teoría clásica ofrece ideas emparentadas: Weber habló de asociaciones que procuran poder a sus dirigentes y ventajas a sus miembros, y Sartori recordó que «partido» viene de «parte», y que una parte solo tiene sentido dentro de un todo.

Mi profesor tenía razón, porque alcanzar el poder es lo que distingue a un partido. Lo que la definición dejaba abierto, y en clase casi nunca se preguntaba, era para qué.

Un mal que no tiene sigla

Fui militante aprista durante una etapa de mi vida, y desde dentro conocí lo que esa definición no decía. Una organización que necesita ganar para existir tiende a ordenar su vida alrededor de lo que la hace ganar, y con el tiempo los medios empiezan a parecer fines. Lo que vi no era patrimonio de ese partido histórico. Lo he visto después en otras organizaciones y en gobiernos de todos los signos, y con mayor intensidad en los gobiernos locales y regionales, donde el poder está más cerca y lo que se disputa se ve a simple vista: quién dirige la oficina de obras, quién firma las compras, quién consigue el empleo.

Cómo funciona el reparto

Piénsese en un municipio cualquiera después de una elección. Hay un proyecto de agua a medio camino, y al frente de la oficina que lo conduce está una ingeniera que conoce cada expediente. La nueva autoridad llega con compromisos: debe empleos a quienes la acompañaron en la campaña y puestos a quienes la apoyaron. Los cargos disponibles son los de esa oficina. La ingeniera sale, entra una persona leal y sin experiencia en el tema, el proyecto se detiene hasta que alguien aprende lo que ella ya sabía, y cuatro años después vuelve a ocurrir lo mismo con la siguiente autoridad. Nadie necesita haber robado nada para que el resultado sea un pueblo que sigue sin agua.

A eso llamamos clientelismo y repartija de cargos: usar los puestos públicos para pagar lealtades en lugar de usarlos para que las cosas funcionen. Conviene distinguirlo de lo legítimo. Una autoridad tiene derecho a rodearse de gente de su confianza para conducir el programa por el que la eligieron. El problema empieza cuando esa confianza se extiende a los cargos técnicos, los que exigen conocimiento y deberían continuar más allá de cada gobierno.

El sistema se sostiene en tres piezas que se refuerzan entre sí. Los partidos y movimientos necesitan pagar lealtades para ganar. La administración no tiene una carrera que proteja a sus técnicos. Y muchos ciudadanos, ante servicios que no llegan, han aprendido a buscar el favor personal. Cambiar a las personas sin tocar esas piezas reproduce el mismo sistema con otros nombres.

Partes de un país

Buscar el poder es legítimo; pero, se convierte en un grave problema cuando deja de ser el camino para realizar un proyecto de sociedad y pasa a ser lo único que importa. Quien gobierna lo hace también para los que votaron por otros, porque el Estado es de todos y no del partido que ganó.

Veamos por qué ocurre, y por qué va más allá de la mala fe. La democracia necesita partidos que compitan entre sí. Para seguir compitiendo, cada partido necesita ganar elecciones. Para ganarlas necesita votos, dinero y gente que trabaje en la campaña, y esas cosas suelen pagarse con cargos y favores. Así, lo que mantiene vivo a un partido termina alejándolo de la razón por la que debería existir, que es representar a los ciudadanos y gobernar bien. Es una tensión que viene con el diseño mismo de la democracia representativa. Cambiar a los dirigentes no la hace desaparecer, y por eso tendría que manejarse con reglas e instituciones que pongan límites.

Hay dos salidas que parecen atractivas pero no funcionan. Un partido único elimina la tensión, pero también elimina a quien lo controle. Y una multitud de partidos tampoco resuelve nada si ninguno es capaz de ponerse de acuerdo con otro, porque entonces nada se decide.

Lo que sí funciona es una democracia en la que convivan: competir, fiscalizar y cooperar. El gobierno ejecuta, la oposición controla y ambos pueden acordar cuando unirse frente a las urgencias que el país demanda. El problema es que cooperar podría interpretarse, desde fuera, abandonar la labor de fiscalizar y por eso se prefiere abandonar los sagrados intereses del país.

El mérito como primer paso

Frente a este panorama, una de las medidas posibles y más realistas es la meritocracia. Exige que los partidos cambien de naturaleza y elimina aquello que alimenta la repartija. Si los puestos técnicos se ocupan por concurso, con criterios conocidos de antemano y con protección frente a la remoción al cambiar de autoridad, la ingeniera del proyecto de agua sigue en su oficina, y el proyecto, con ella.

El Perú ya tiene grandes avances con la Autoridad Nacional del Servicio Civil, que cuenta con un Cuerpo de Gerentes Públicos, profesionales seleccionados por concurso que se destinan a entidades del Estado, entre ellas gobiernos regionales y locales. La tarea es ampliar esa práctica a más puestos técnicos y definir con claridad cuáles son los cargos de confianza, para que el resto no se negocie.

Esto tiene una ventaja que casi ninguna otra reforma ofrece: puede empezar en el nivel más cercano a nosotros. Los gobiernos regionales y municipales elegidos el 4 de octubre asumirán pronto, y muchos cargos cambiarán de manos. Cualquier ciudadano, gremio o universidad puede preguntarle a la autoridad que llega cuáles de esos puestos se ocuparán por concurso y cuáles responderán a compromisos de campaña. La respuesta, y lo que ocurra después, dirán mucho más que cualquier discurso.

Una pregunta que me incluye

Escribo «queríamos» porque la pregunta me alcanza. Fui parte de una organización que buscaba el poder y creí, como quienes me rodeaban, que lo buscábamos para algo. Una democracia necesita partes que compitan, y necesita que cada una reconozca algo que la trasciende: el país que comparten, incluido el que votó distinto.

Cuando una autoridad de tu región o de tu distrito asuma el cargo, ¿qué tendrías que ver en sus primeras decisiones para creer que quiere el poder para servir? Y si en tu pueblo hay hoy una obra, un servicio o un proyecto que depende de una persona que sabe hacerlo, ¿qué harías para que no se pierda con el próximo cambio de gobierno?




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