¿Qué estamos quemando cuando arden nuestros cerros?

Hoy vi un video que circula con la voz de una niña. Muestra lo que el fuego hizo con las llamas y las alpacas de su mamá: los cuerpos de los animales y, entre ellos, una llamita herida y chamuscada que todavía vive. La niña cuenta lo que pasó y, en algún momento, pregunta, entre otras cosas: «¿Por qué hacen esto? ¿Qué daño les hacen estos pobres animalitos para que los maten así?»

Su pregunta merece una respuesta, y la respuesta empieza por los responsables. Según el director regional de gestión del riesgo, todos los incendios de este año en Cusco nacieron de quemas agrícolas: personas que prendieron fuego a una chacra o a un pasto y dejaron que el viento y el sol hicieran el resto. Esas personas existen, tienen nombre y responden por lo que ese fuego destruyó, lo hayan querido o no. Encender una llama en un cerro seco, en plena alerta roja, es una decisión, y la inconsciencia explica la conducta sin borrar sus consecuencias: una niña frente a sus animales muertos, familias sin su sustento, personas que murieron.

Provocar un incendio es delito en el Perú. Las autoridades recuerdan penas de tres a diez años de cárcel, y quemar sin autorización bosques o formaciones boscosas se castiga con cuatro a seis años, que suben hasta doce cuando hay lesiones graves o muertes. Aplicar la ley es posible: en julio la Policía detuvo a un hombre por el incendio de Sacsayhuamán, y en 2024 detuvo a veinte personas presuntamente responsables de otro en La Convención. Cusco acumula este año más de doscientos ochenta incendios, y el Ministerio Público debe decirnos cuántos tienen un responsable identificado y un proceso abierto. A quienes encienden esos fuegos hay que identificarlos y sancionarlos, y quienes los vemos tenemos el deber de denunciarlos, por ejemplo al 105. Si la ley deja fuera a los pastizales, que es lo que más arde en la sierra, como advierten especialistas, corresponde cerrar ese vacío.

Soy de Curahuasi. Conozco sus montañas, sus quebradas, sus campos y la vida de sus comunidades, y pienso en las familias de mi tierra que dependen, como la de esta niña, de sus animales, sus pastos y sus chacras. El fuego ya llegó: INDECI reportó en agosto un incendio en la comunidad campesina de Ccapacca, dentro del distrito, y esta semana ardían focos en San Pedro de Cachora, el distrito vecino.

En lo que va de octubre Cusco registra sesenta incendios en nueve días, más de seis por día. En el país han muerto seis personas, cinco de ellas en esa región: tres adultos mayores, que según la autoridad regional estaban quemando terrenos, y dos hermanos, una niña de once años y su hermano de dieciocho, muertos por quemaduras en Pomacanchi y enterrados el lunes por sus familias. En el Valle Sagrado, el humo del incendio de Yanahuara se metió en las casas y cubrió el cielo como una capa de esmog. En Espinar, un cuaderno de campo hallado en Pallpata guarda escrito a mano el inventario de la pérdida: doce llamas y cuarenta y cuatro alpacas muertas, veinticinco familias damnificadas. En Cotabambas, comuneros que intentaban frenar el fuego con ramas terminaron con quemaduras. Los bomberos, que son voluntarios, atienden los incendios activos con unos treinta efectivos frente a las quinientas personas entrenadas que, según su comandante, harían falta, y sus herramientas se dañan en un solo incendio. El fuego arde al mismo tiempo en Cusco, Apurímac, Ayacucho, Junín y Puno.

El clima empuja las llamas. En Cusco se han medido hasta 29 grados en una época en que lo habitual es de 22 a 24, la vegetación está seca, el viento sopla desde media mañana y el SENAMHI mantuvo alertas rojas en nueve regiones. Los especialistas relacionan este escenario con El Niño, y los pronósticos anticipan una primavera y un verano más secos de lo normal en la sierra sur. De niño aprendí a temerle a la sequía por el relato de mi padre: tres años sin lluvia, campesinos que murieron de hambre. Lo conté en otro YUYAY. Esta vez la sequía que se anuncia llega con un agravante, porque cada semana que las lluvias tardan es otra semana en que cualquier chispa puede incendiar el pasto con que una familia cuenta para alimentar a sus animales.

Por qué saber no basta

Con el Programa Liderazgo Integrador Kuraq trabajamos con niños y jóvenes de Curahuasi para que comprendan su relación con la naturaleza, con su comunidad y con el territorio al que pertenecen, y para que esa sensibilización llegue a sus familias y a los pobladores. Una de nuestras campañas apuntó a uno de los motivos principales de estos incendios, la quema de los desperdicios de las chacras. Los niños hicieron videos y presentaron lo aprendido en sus hogares, escuelas y comunidades. Ese esfuerzo está resultando insuficiente, y comprobarlo me duele: los videos de nuestros niños advertían lo que el video de esta niña muestra ya ocurrido.

Conocer las consecuencias de una acción no basta para cambiarla. En Cusco murieron cuatro personas por incendios forestales en 2024, cuatro en 2025 y cinco en lo que va de 2026. Detrás de la costumbre hay razones: es la forma más económica de preparar la tierra cuando no hay maquinaria, sirve para renovar un pasto viejo, el vecino también quema, otras veces salió bien. Las prácticas de fuego en los Andes tienen una larga historia; un estudio sobre la puna húmeda de Ayacucho identificó la apertura de chacras, la quema de rastrojo y del ichu, y razones culturales. El director regional recordó que nuestros ancestros volteaban la tierra y el pasto brotaba renovado, aunque más despacio, y que hoy se prefiere la rapidez del fuego. Esas razones explican la costumbre y no sirven de excusa frente a la vida de los demás. Una norma que se cumple y un vecino que denuncia enseñan lo que ninguna campaña logra sola: que quemar en plena alerta tiene consecuencias para quien lo hace.

Nuestros abuelos llamaron Pachamama a la tierra y entendieron la relación con ella como reciprocidad, el ayni: se recibe y se devuelve. La ecología actual llegó por otro camino a una idea cercana, la interdependencia: el pasto, el suelo con sus microorganismos, las semillas, los animales y las fuentes de agua forman una misma trama de la que cuelga la vida de una comunidad. El fuego destruye plantas, semillas y organismos del suelo que tardaron años en formarse, alcanza a los animales que no logran huir y deja la ladera desnuda ante las primeras lluvias, con el riesgo de deslizamientos que advierten los especialistas. Un encuentro regional de especialistas andinos concluyó además que la quema agrícola a cielo abierto destruye la materia orgánica del suelo y reduce con los años el rendimiento de las chacras: la tierra que se quema para limpiarla termina más pobre. La herencia andina contiene la reciprocidad con la tierra y contiene también el fuego usado sin medida, y reconocer ambas cosas nos devuelve una pregunta que hemos dejado de hacernos: ¿cómo llegamos a tratar como desechable aquello de lo que depende nuestra vida?

Qué podemos hacer, y quién

Hay experiencias cercanas que funcionan. A comienzos de septiembre el SERFOR informó resultados alentadores en Curahuasi, y en Chinchaypujio y Coporaque, con dos alternativas a la quema: aprovechar los rastrojos y usar el ichu seco como sustrato para producir hongos comestibles, de modo que lo que antes ardía se vuelve alimento e ingreso para las familias. En Saywite, hace un par de años, el mismo organismo capacitó a productores de la comunidad de Soccllaccasa para picar el ichu y cubrir las parcelas con biofertilizantes en lugar de quemarlas.

Antes de la temporada seca, las comunidades pueden acordar cuándo se usa el fuego y cuándo no, abrir fajas cortafuegos alrededor de parcelas y pastizales vulnerables y montar un aviso temprano; en comunidades peruanas se han probado banderas de colores que indican el riesgo del día, apoyadas en radios comunitarias y mensajes de celular. Apurímac cuenta con un plan regional de prevención elaborado con más de doscientas comunidades campesinas, y ese camino comunal falta recorrerlo en Curahuasi, donde existe la Compañía de Bomberos n.° 148 y comuneros que han acudido a apoyarla.

Combatir el fuego exige formación y equipo. El SERFOR anunció la capacitación de más de cuatrocientos brigadistas, y corresponde al Estado dotar a los bomberos de herramientas y de medios para llegar a las laderas, como el helicóptero que Vidawasi gestionó con la Fuerza Aérea para traer agua del Vilcanota. Las familias participan antes de la llama y a distancia de ella: avisan a tiempo, resguardan a las personas y a los animales, y apoyan con agua, alimento y paso a los equipos entrenados. Después queda restaurar con plantas nativas la cobertura de las laderas, porque una ladera quemada queda expuesta cuando llega la lluvia.

Mientras duren las alertas, cada familia puede evitar cualquier quema y avisar a sus vecinos, como pidió el responsable de emergencias del gobierno regional. Lo demás —alternativas, brigadas, herramientas, planes comunales— requiere meses y recursos, y empieza a construirse ahora si queremos llegar distintos a la próxima temporada seca. Las familias, las comunidades, las escuelas, las municipalidades, los gobiernos regional y nacional, el Ministerio Público, las universidades, las empresas y las organizaciones civiles tienen una parte en esa tarea, y ninguna alcanza sola.

Vuelvo a la pregunta de la niña. ¿Qué daño les hicieron esos animalitos? Ninguno. Hubo personas que sí hicieron algo, y deben responder por ello. Cuando arde un cerro de los Andes se queman el pasto, el suelo que guarda la humedad, la semilla que esperaba la lluvia y el trabajo de una familia: arde una parte del mundo al que pertenecemos, y todavía hay tiempo de decidir qué haremos con el fuego antes de la próxima temporada.

Una pregunta para ti

Si la niña del video te hiciera su pregunta a ti, ¿qué le responderías? ¿Y qué harás esta semana, en tu chacra, tu comunidad, tu escuela o tu barrio, para que nadie más tenga que hacerla y para que quien encienda un fuego así tenga que responder por él?

Me encantaría leer tu respuesta.

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