¿Y si tener más inversión no fuera suficiente?

El Banco Central de Reserva elevó hace pocos días su proyección de crecimiento de la inversión privada para este año, de 12,5% a 14%, después de que en el primer semestre esa inversión ya hubiera crecido 15,5%, impulsada sobre todo por la minería. Todo esto ocurrió antes del 28 de julio, cuando Keiko Fujimori asumió la presidencia; sería injusto, y poco riguroso, atribuírselo sin más al nuevo gobierno. Lo cierto, en todo caso, es que el país está entrando en un ciclo de inversión más fuerte que en mucho tiempo.

Leí esas cifras con el interés de siempre, pero también con una pregunta que empezó a incomodarme un poco: ¿qué ocurre, exactamente, cuando esa inversión llega a un territorio?

Porque durante años he escuchado, y en algún momento yo mismo lo creí, que uno de los grandes obstáculos de las regiones andinas era la falta de inversión. Cusco, mi región, obliga a mirar esa explicación con más cuidado. Ha recibido, y sigue recibiendo, canon gasífero de Camisea, canon minero, regalías, inversión turística, infraestructura, asociaciones público-privadas. El propio presidente de la Cámara de Comercio de Cusco, Fernando Santoyo, lo puso en números hace poco: en los últimos veinte años la región ha recibido cerca de treinta y siete mil millones de soles por canon y regalías, treinta y tres mil millones de ellos solo del gas. Y lo dijo con una franqueza que no suele escucharse en boca de un dirigente empresarial: "Hay más dinero, pero no se están cerrando las brechas; hay más dinero, pero no se está generando bienestar ni servicios públicos de calidad."

Ahí está la pregunta que de verdad me interesa, y que no es la que todos nos hacemos primero. No es cómo conseguir más inversión. Es por qué recibir más inversión no produce, casi nunca, una transformación equivalente del territorio.

Pensando en esto volví a algo que conozco desde hace mucho tiempo, casi desde niño: los Frentes de Defensa. En 1978, en pleno gobierno militar, se constituyó en Cusco el Frente Único de Defensa de los Intereses del Cusco, el FUDIC, que reunía sindicatos, colegios profesionales, hasta al alcalde y al obispo. En los años ochenta, bajo la conducción de Daniel Estrada, ese frente peleó por mayores recursos fiscales para la región, por el cobro de un derecho de uso del agua a la Compañía Cervecera del Cusco, por que la explotación de los yacimientos de Tintaya beneficiara también a la región. Hacia la segunda mitad de esa década, el gas de Camisea entró con fuerza en esa misma agenda de lucha. Yo era todavía joven cuando todo eso ocurría, pero recuerdo bien el peso simbólico que tenía la palabra "frente": reunirse, organizarse, exigir, resistir.

Esa palabra, "defensa", me detuvo un momento. Porque expresa algo muy concreto: cuando aparece una amenaza, una injusticia, una decisión que afecta al territorio, la gente puede juntarse, organizarse y defender lo que considera suyo. Es una capacidad real, y sigue siéndolo. Basta ver que hoy, cuarenta años después de aquel FUDIC original, siguen existiendo frentes de defensa activos en distintas provincias de Cusco —Espinar, Canchis, Chamaca entre otros—, todavía movilizándose, todavía exigiendo, todavía convocando paros y revocatorias cuando sienten que una autoridad o una empresa no está respondiendo a los intereses del pueblo.

Y entonces apareció una pregunta para la que todavía no tengo respuesta: ¿hemos aprendido a organizarnos mejor para defendernos que para construir juntos? Aquellos frentes cumplieron una función importante en un país mucho más centralizado y con muchísima menos capacidad de negociación regional. La pregunta es qué otras capacidades necesitamos desarrollar ahora.

Aquí aparece algo interesante, casi como respuesta parcial a esa pregunta. En julio de este año, la Cámara de Comercio del Cusco lanzó oficialmente una plataforma llamada Invest in Cusco, pensada para posicionar a la región y atraer nuevas inversiones de manera más ordenada, con la mirada puesta en el Cusco no solo como destino patrimonial, sino como territorio de oportunidades. En noviembre, además, Cusco será sede por quinta vez de CADE Ejecutivos, el principal foro empresarial del país, con una agenda centrada explícitamente en la concentración económica y las brechas regionales, y con una sesión pensada para traducir el debate en compromisos concretos entre empresas, gremios y autoridades. Es la misma Cámara, con el mismo Santoyo a la cabeza, que hace pocos meses denunciaba que el dinero del canon no se estaba traduciendo en bienestar.

Mientras pensaba en ambas instituciones comprendí que quizá estaba observando dos capacidades distintas de un mismo territorio: la capacidad de reunirse para defender aquello que considera valioso, y la capacidad de articularse para hacer posible algo que todavía no existe.

Pero incluso aquí quiero seguir empujando la pregunta un poco más, porque me parece que todavía no llegamos al fondo. Supongamos que la Cámara de Comercio cumple extraordinariamente bien su función. Supongamos que efectivamente llegan más inversiones, más empresas, mejores carreteras, minería mejor gestionada, turismo en expansión, más empleo. ¿Bastaría eso para decir que Cusco se está desarrollando?

Imaginemos, por ejemplo, un Curahuasi dentro de veinte años con mejores carreteras, hoteles, agricultura tecnificada, restaurantes, mayor inversión inmobiliaria, ingresos más altos que hoy. ¿Diríamos, sin más, que ese territorio se ha desarrollado plenamente si sus jóvenes siguen sin un horizonte claro que los haga querer quedarse, si las familias se fragmentan, si crece la desconfianza entre vecinos, si algo de lo que le daba identidad a esa comunidad se va perdiendo por el camino? Y el movimiento contrario también existe: una comunidad puede conservar una enorme riqueza cultural, vínculos fuertes, una identidad viva, y aun así no generar suficientes oportunidades para que sus propios jóvenes decidan construir ahí su vida en lugar de partir.

Desarrollar un territorio, empiezo a sospechar, significa algo bastante más amplio que desarrollar su economía. Hay una dimensión económica, sin duda, y ahí las Cámaras de Comercio tienen un papel insustituible. Pero hay también educación, cultura, tejido social, bienestar humano, instituciones capaces de sostenerse en el tiempo, un ambiente que se conserve en lugar de deteriorarse. Ninguna institución, por bien que cumpla su función, puede desplegar por sí sola todas esas dimensiones a la vez. No es una crítica a las Cámaras de Comercio, ni tampoco a los Frentes de Defensa: es, sencillamente, algo que ninguna de las dos fue diseñada para resolver sola.

Y entonces apareció la pregunta más importante, y todavía no sé cómo responderla: ¿cómo conseguimos que actores tan distintos —una cámara empresarial, un frente de defensa, una universidad, una organización cultural, el propio Estado— se reconozcan como partes del desarrollo de un mismo territorio, en lugar de avanzar cada uno por su cuenta, a veces incluso sin saber que están trabajando, todos, sobre el mismo lugar?

Lo que sí me queda claro, después de mirar juntos el canon de Cusco, el FUDIC de 1978, Invest in Cusco y las brechas que Curahuasi todavía arrastra, es esto: la inversión puede llegar. Puede llegar en cantidades históricas, como está ocurriendo ahora. Pero la capacidad de convertir esa inversión en futuro —en un futuro que realmente se sienta en la vida de las personas— tiene que construirse aparte.

¿Cómo se organiza una sociedad para hacer eso?

Una pregunta para ti

¿Has visto, en tu propia comunidad o región, un caso donde llegó dinero, inversión o infraestructura y, sin embargo, algo esencial siguió sin transformarse? ¿Qué crees que faltó ahí, más allá de los recursos?

Me encantaría leer tu respuesta.


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